Versoprofetico

La Gran Nación se establece en la Tierra Nueva

La Victoria de Jacob

 

Génesis 46:2, 3 - Y habló Dios a Jacob: "No temas de descender a Egipto, porque yo te pondré allí en gran gente. Yo descenderé contigo a Egipto, y yo también te haré volver.

La voz de Dios con la promesa de victoria revivió el espíritu de Jacob. Era todo lo que él necesitaba para continuar con su viaje y para aceptar la invitación de José y del Faraón egipcio que les ofrecían la tierra de Gosén para toda su familia.

La vida de Jacob no había sido fácil. A la edad de 77 años, Jacob tuvo que huir y separarse de su madre Rebeca y de su padre Isaac, por haber tratado de obtener los derechos de la primogenitura por medios fraudulentos de su casi ciego padre.

Cuando Isaac tenía 60 años, Rebeca tuvo varones gemelos: Esaú nació primero y después Jacob. La primogenitura era para el primero, pero en este caso, Esaú creció sin interés en obligaciones religiosas o de mantenerse cerca de Dios, al extremo que un día llegando hambriento, le ofreció su primogenitura a su hermano Jacob por un sabroso plato de lentejas. (Gén. 25:29-34)

Rebeca recordó que el ángel había dicho que el mayor serviría al menor e insistió que Jacob debía ser el escogido, por su carácter, para recibir el honor y privilegio de la primogenitura. (Gén. 25:23)

Un día, cuando Isaac tenía 137 años, de sí mismo, decidió dar a Esaú la esperada bendición. Y Rebeca que oyó la propuesta, de inmediato puso en acción el plan para transferir esa bendición para Jacob. (Gén. 27) Jacob recibió la primogenitura por fraude, engañando y pecando contra su hermano y padre. Aparentemente, para este tiempo, Esaú no estaba tan indiferente a sus derechos, y lleno de ira, en su mente, planeó por un día para asesinar a su hermano. Jacob tuvo que huir a Haran, de donde su madre había venido. Desde entonces un remordimiento amargo oprimió el corazón de Jacob y consecuencias dolorosas le siguieron en el camino del destierro.

Los primeros siete años Jacob trabajó placenteramente para el tío Labán, a fin the obtener a Rachel, el amor de su vida. Después de la fiesta de bodas vino la oscuridad de la noche cuando Labán trajo la desposada a la tienda de Jacob. En la mañana, una dolorosa sorpresa sacudió a Jacob cuando descubrió a Leah en su cama en vez de Rachel. (Gén. 29: 20-30)

Durante los próximos siete años Jacob se vió enredado con la influencia poligamista del tiempo y lugar a donde había venido. Cuatro mujeres le dieron once hijos y una niña. A esa bendición le fue añadido los celos y la rivalidad con descontento entre las madres y sus hijos.

Los últimos seis años Jacob trabajó para Labán, quién cambió su salario diez veces; pero cada vez que Labán le asignaba la compensación de menor producción, Dios la tornaba en la de mayor producción para Jacob. (Gén. 31: 7-13) "Y acreció el varón muy mucho, y tuvo muchas ovejas, y siervas y siervos, y camellos y asnos." (Gén. 30:43)

Al cabo de 20 años, Jacob estaba retornando a la tierra de sus padres, con una grande hacienda, un gran número de siervos y una gran manada de ganado. Entre sus hijos estaba José con seis años de edad.

Volviendo atrás al comienzo de los 20 años, a la segunda noche de su huída de Esaú, Jacob sintió la oscuridad de la noche sobre la soledad de su alma. En su mente sintió la gravedad del pecado contra su hermano y su padre. ¿Podría ese pecado cortar la mano protectora de Dios, su misericordia y guía oportuna? Pidiendo perdón con gran remordimiento y pesar en su corazón, puso una piedra por almohada y se durmió. El Señor no abandonó a Jacob a la tentación que invadía su mente. Dios envió un sueño de esperanza y confirmación: "Y soñó, y he aquí una escala que estaba apoyada en tierra, y su cabeza tocaba en el cielo: y he aquí ángeles de Dios que subían y descendían por ella. Y he aquí que Jehová estaba en lo alto de ella, el cual dijo: Yo soy Jehová, el Dios de Abraham tu padre, y el Dios de Isaac: la tierra en que estás acostado te la daré a tí y a tu simiente. Y será tu simiente como el polvo de la tierra, y te extenderás al occidente, y al oriente, y al aquilón, y al mediodía; y todas las familias de la tierra serán benditas en tí y en tu simiente. Y he aquí, yo soy contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres, y te volveré a esta tierra; porque no te dejaré hasta tanto que haya hecho lo que te he dicho." (Gén. 28: 12-15)

Y ahora, Jacob con 97 años de edad, en el camino de retorno, recibió las nuevas que su hermano Esaú venía a su encuentro con 400 hombres armados. Estrategicamente, Jacob planeó el encuentro, pero sobre todo él buscaría al Señor, Dios de sus padres. Sólo otra vez, Jacob con gran pesar y arrepentimiento de corazón vació su alma delante de Dios, orando: "Dios de mi padre Abraham, y Dios de mi padre Isaac, Jehová, que me dijiste: Vuélvete a tu tierra y a tu parentela, y yo te haré bien. Menor soy que todas las misericordias, y que toda la verdad que has usado para con tu siervo; que con mi bordón pasé este Jordán, y ahora estoy sobre dos cuadrillas. Líbrame ahora de la mano de mi hermano, de la mano de Esaú, porque le temo; no venga quizá, y me hiera la madre con los hijos..." (Gén. 32: 9-12)

En medio de la noche oscura, mientras postrándose humildemente hasta el suelo, una mano le agarró por la espalda, y Jacob tornándose, luchó con toda su fuerza para vencer al asaltante desconocido, pero no podía. Luchando por su vida, cuanto más anhelaba que Dios le escuchara en su agonía, tanto más su pecado dominaba su mente, hasta que deseperado clamó por la misericordia de Dios. Cuando el luchador hirió el muslo de Jacob con el toque de su mano, Jacob se dió cuenta que éste no era un hombre común sino un mensajero divino; y entonces con corazón humilde se aferró de él suplicando misericordia: "No te dejaré, si no me bendices." (Gén. 32: 24-26) "Y él dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel: porque has peleado con Dios y con los hombres, y has vencido." (Gén. 32:28)

Cuando Esaú vio a Jacob cojeando al caminar, por el dolor en su muslo, su corazón se ablandó de compasión, y vino y lo abrazó. Los dos lloraron al verse de nuevo.

Avanzando hacia la tierra de sus primeros años Jacob sufrió grandemente por la desgracia de su hija y la siguiente venganza de Simeón y Leví sobre los hombres de Sichem; por la muerte de Rachel, su grande amor, al nacer Benjamín; por el perverso traspaso de Rubén con Bilha la concubina de su padre; y a la edad de 108 años, cuando sus hijos vendieron a José como esclavo y regresaron a Jacob la ensangrentada túnica de colores como si José hubiese sido devorado por una fiera. (Gén. 34; 35; y 37)

Veintidos años más tarde, los mismos hermanos, después de un dificultoso encuentro con el gobernador de Egipto, bajo inesperada humillación y remordimiento por lo que habían hecho a su hermano, de repente se encuentran postrándose ante él como en aquel sueño del pasado que había despertado los celos de todos ellos. Y entonces oyeron como el estallido de un trueno: "Yo soy José!"

Cuando sus hijos regresaron de Egipto, Jacob no podía creer sus oídos: "José vive aún..." Al ver los vagones que José enviaba y oír la confesión de aquel terrible crimen, cometido por sus propios hijos 22 años atrás, acepta la evidencia, y su espíritu revivió. Cada uno recogió sus pertenencias, y para Egipto partieron.

Mientras la caravana se movía hacia el sur, la mente de Jacob trabajaba: "Dónde está Dios en todo ésto?" "Esta tierra fue prometida al padre Abraham, y al padre Isaac, y ahora estamos dejándola atrás..." En Beer-seba, antes de salir de Canaan, Jacob paró el viaje; él quería una palabra del Señor que le guiaba, la seguridad de la voluntad de Dios. Ofreció sus sacrificios para preguntar por la dirección de Dios. En la noche, la voz de Dios bajó a sus oídos: "Jacob, Jacob." Y él dijo, "Heme aquí," Y el Señor dijo: "Yo soy Dios, el Dios de tu padre; no temas de descender a Egipto, porque yo te pondré allí en gran gente. Yo descenderé contigo a Egipto, y yo también te haré volver: y José pondrá su mano sobre tus ojos." (Gén. 46: 3, 4)

Jacob quedó satisfecho, no más preocupación, Dios estaba en control, sus descendientes regresarían a poseer la tierra. A los 130 años de edad tuvo el gozo de volver a ver la cara de su hijo José; y vivió pacificamente otros 17 años hasta que sus ojos se cerraron en la tierra de Gosén.

Lecciones Para Nosotros Hoy.

1.- Una Gran Nación. Los reinos de David y Salomón fueron solamente un principio de la Gran Nación del futuro: la Tierra Nueva, toda ella, el Reino del Dios Eterno. (Apoc. 21 y 22) "Y en tu simiente todas las familias de la tierra serán benditas." (Gén. 22: 18; 28:14) "A Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente... Y a tu simiente, la cual es Cristo." (Gál. 3: 16) Y la Simiente, Jesucristo, encomendó a todos sus discípulos, a través de todas las edades, la tarea de juntar los herederos de su reino: "Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y doctrinad a todos los Gentiles, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo: Enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado: y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo." (Mateo 28: 18-20)

"Y que el reino, y el señorío, y la majestad de los reinos debajo de todo el cielo, sea dado al pueblo de los santos del Altísimo; cuyo reino es reino eterno, y todos los señoríos le servirán y obedecerán." (Daniel 7: 27) Su herencia, mi Amigo, está en la tierra hecha nueva, si por fe la aceptas y obtienes la ciudadanía celestial.

2. - La Angustia de Jacob. La noche luchando con Dios. Al tiempo cuando viene el derramamiento de las siete postreras plagas, (Apoc. 16) antes de la Segunda Venida de Cristo, los salvados están aquí en la tierra entre los perdidos, y una cosa aflige sus almas, ellos no saben si todos sus pecados han sido perdonados, y si han sido borrados con la sangre del Cordero. Es un momento de angustia amarga, hasta que ellos ven al Glorioso Salvador llamando por sus nombres.

3. - Jacob paró el viaje para consultar con Dios. Si sobreviene un divorcio, una promoción en el empleo, oferta de matrimonio, grave enfermedad, una gran fortuna, un colapso financiero, la pérdida de la casa, cualquier cosa buena o mala, recuerda a Jacob: busca a Dios en tus oraciones y ruega por su mano guiadora.

 

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