Versoprofetico

Un día Veremos su Rostro

La Gloria de Dios

 

Isaías 40:5 -"Y manifestaráse la gloria de Jehová, y toda carne juntamente la verá; que la boca de Jehová habló."

Hay un lugar y un día cuando todo el mundo, cada ser humano, aún desde el principio, nacido en esta tierra, incluyéndote a tí y a mí, en un evento y un lugar, todos juntos han de ver la gloria de Dios.

Después de creados, Adán y Eva, con el vestido de luz que Dios les había provisto, podían hablar cara a cara con su Creador que venía rodeado de su gloria natural a enseñarles en el huerto. Pero cuando Adán y Eva desobedecieron el mandamiento expreso del Señor y aceptaron el señorío de Lucifer, el vestido de luz desapareció, la naturaleza pecaminosa tomó poder sobre ellos, y el pecado y la rebelión no podían soportar más la presencia y la gloria de Dios sin ser consumidos.

Más tarde, cuando el Señor quiso encontrarse con Abraham, Dios cubrió la gloria de su presencia apareciendo en la forma de un hombre, para poder hablar con Abraham y darle la promesa de un hijo y de una gran nación. (Génesis 17:1; 18:1)

También, bajo la forma de un hombre, en una noche llena de temor y soledad, el Señor luchó con Jacob y le dió las bendiciones de gracia y victoria, y cambió su nombre a uno que todo ser humano salvado recordará por siempre: Israel. (Gén. 32:28)

A causa de la servidumbre y esclavitud en Egipto, los hijos de Israel clamaban a Dios por liberación del yugo servil. Moisés, en sus 80, estaba en la tierra de Midian apacentando las ovejas de Jethro, su suegro. Un día vió una zarza ardiendo y el fuego no la consumía; asombrado decidió acercarse para ver que era aquéllo. (Exo. 3:2, 3) Era el Señor llamando a Moisés desde el medio del fuego: "Ven por tanto ahora, y enviarte he a Faraón, para que saques a mi pueblo, los hijos de Israel, de Egipto." (Exo. 3:10) ¿Cuál es el nombre del Dios de mis padres?, preguntó Moisés: "Y respondió Dios a Moisés: Yo SOY EL QUE SOY... Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me ha enviado a vosotros." (Exo. 3:14)

Fue necesario derramar diez plagas sobre Egipto para convencer a Faraón que debía dejar ir a los hijos de Israel para servir al Señor. En el camino "Jehová iba delante de ellos de día en una columna de nube, para guiarlos por el camino; y de noche en una columna de fuego para alumbrarles; a fin de que anduviesen de día y de noche." (Exo. 13:21) Una manifestación del amor de Dios al cubrir el campamento de Israel con la gloria de su presencia.

Cuando Moisés fue llamado a la cumbre del monte Sinaí para recibir las instrucciones para la construcción del Santuario, él preguntó al Señor: "Ruégote que me muestres tu gloria." (Exo. 33:18) Y el Señor le respondió: "No podrás ver mi rostro: porque no me verá hombre, y vivirá." (Exo. 33:20) "Porque nuestro Dios es fuego consumidor." (Hebreos 12:29; Deut. 4:24)

Cuando se terminó la construcción del tabernáculo: "Entonces una nube cubrió el tabernáculo del testimonio, y la gloria de Jehová hinchió el tabernáculo." (Exo. 40:34) El día de la inauguración de los servicios en el tabernáculo, "...la gloria de Jehová se apareció a todo el pueblo. Y salió fuego de delante de Jehová, y consumió el holocausto y los sebos sobre el altar; y viéndolo todo el pueblo, alabaron, y cayeron sobre sus rostros." (Lev. 9:23, 24)

Sobre el propiciatorio en la cubierta del arca brillaba con todo esplendor la presencia de la Majestad Divina o Shekina. Una vez al año, en el Día de Expiación, el Sumo Sacerdote entraba con la sangre de la expiación para limpiar el tabernáculo de los pecados del pueblo. (Lev. 16)

Con el tiempo los hijos de Israel, olvidándose de Dios, se fueron tras los ídolos de los dioses de la tierra y por ello llegaron a ser cautivos de Babilonia. Algunos de ellos permanecieron fieles a su Dios como Daniel y sus compañeros. Después del sueño de la gran imagen con la cabeza de oro que Dios dió al rey Nabuconosor, el rey lleno de orgullo y egoísmo decidió representar a Babilonia con una gran estatua de oro de sesenta codos de alto. (Dan. 3) Todos los oficiales y gobernadores del reino fueron traídos al pie de la imagen, el día de la dedicación, para que se postrasen y adoraren la imagen del rey; un mandato enforzado con pena de muerte para quien no cumpliese con la orden de postrarse y adorar. Un horno de fuego ardiente estaba preparado para castigar a quien no obedeciese al momento que la música y el mandato fuere dado. (Dan. 3:6)

Dentro de la congregación se encontraban tres Hebreos que no se postraron delante del ídolo del rey. El rey Nabucodonosor, extremadamente airado se atrevió a decir, "¿y qué dios será aquel que os libre de mis manos?" (Dan. 3:15) Atados de manos y pies, Sadrach, Mesach, y Abed-nego fueron arrojados dentro del horno de fuego ardiente. Los ojos de la congregación se tornaron a las llamas del horno. Una sorpresa inesperada cayó sobre el rey cuando vió a los hombres caminando libremente dentro de las llamas y con ellos uno semejante al Hijo de Dios. El Creador de los átomos, de todos los elementos en la tierra y en el universo, del fuego y del hielo, estaba allí con ellos para salvarlos y para vindicar la fe de sus fieles testigos. Y la gloria del Dios Todopoderoso se esparció, por medio de los presentes, a todas partes del imperio Babilónico. Más aun hoy, la gloria de Dios en ese momento, se está esparciendo por todas las naciones de la tierra, y es un memorándum de lealtad para el futuro, cuando los hijos de Dios sean llamados a adorar la gran imagen de los últimos días. (Apocalipsis 13:14, 15)

Cuando en los consejos de la Divinidad se decidió crear la raza humana, una raza diferente para demostrar el amor y la gloria de Dios, un ser viviente dotado de libre albedrío con la capacidad de responder con amor al amor de su Creador, el mismo Creador quien tiene el poder de la vida, se ofreció a sí mismo para redimir al hombre si llegare a ser necesario. La historia nos cuenta que después de la Creación, Lucifer con atrevida audacia arrastró a nuestros primeros padres a la rebelión y el pecado. El plan de redención comenzó a ser revelado: "Y enemistad pondré entre tí y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar." (Gén. 3:15) La Gran Controversia, El Conflicto de los Siglos, quedó prefigurado en esa frase. "Sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación: Ya ordenado de antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postrimeros tiempos por amor de vosotros." (1 Pedro 1:19, 20)

Una noche memorable, en las colinas de Belén, cuando los pastores guardaban vigilia sobre sus rebaños, "He aquí el ángel del Señor vino sobre ellos, y la claridad de Dios los cercó de resplandor; y tuvieron gran temor. Mas el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: Que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor. Y esto os será por señal: hallaréis al niño envuelto en pañales, echado en un pesebre. Y repentinamente fué con el ángel una multitud de los ejércitos celestiales, que alababan a Dios, y decían: Gloria en las alturas a Dios, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres." (Lucas 2:9-14) Ningún temor ahora de encontrarse con un Ser Divino. Ahí estaba como un bebé, nacido en carne humana y con necesidad de tierno cuidado por brazos humanos.

De acuerdo al plan de redención, hecho antes del Edén, el Hijo de Dios por su propia voluntad pondría a un lado sus prerrogativas divinas, tomaría sobre sí carne humana para ser un hombre, el Cordero de Dios, y ofrecerse a sí mismo como sacrificio para la redención de la raza humana. Jesús fué ungido como el Mesías por el Espíritu Santo el año 27 cuando vino para ser bautizado por Juan el Bautista. Durante su ministerio le dijo a los Judíos: "De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy." (Juan 8:58) Ellos no podían ver a través del cuerpo humano de Jesús al ser divino que había visitado al padre Abraham y que después había dicho a Moisés YO SOY EL QUE SOY.

El apóstol Juan dió testimonio verídico de la naturaleza de Cristo: "En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios." (Juan 1:1) "Y aquel Verbo fué hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad." (Juan 1:14)

Al final del ministerio de Cristo en la tierra, siendo que Él fue hecho pecado por nosotros y cargó sobre sus hombros todos los pecados del mundo, el Padre separó su rostro y su presencia del Hijo. Eso trajo sobre Jesús la agonía de la separación, más dolorosa que una espada a través del corazón. Aún en esa condición, saliendo del Gethsemaní, cuando la turba llegó preguntando por Jesús Nazareno, y Él dijo: 'Yo soy', un destello de la gloria divina derribó por tierra a los que venían a apresarle. (Juan 18:6)

En la mañana de la resurrección de Jesús, cuando el ángel vino para rodar la piedra que cubría el sepulcro, la gloria del ángel más la gloria del Cristo resucitado proclamando: 'Yo soy la resurrección y la vida", hizo desfallecer a toda la Guardia Romana hasta caer al suelo desmayados. (Mateo 28:2-4)

Y ahora vamos al futuro, a la Segunda Venida de Cristo. "Y entonces verán al Hijo del hombre, que vendrá en una nube con potestad y majestad grande." (Lucas 21:27) En ese momento la gloria del Señor es vida para los que le esperan, pero es muerte para quienes rechazaron su gracia. Los perdidos, cuyos nombres no están en el Libro de la Vida del Cordero no pueden soportar la gloria del Salvador y caen sin vida sobre la tierra.

¿De cuánto es capaz el hombre para añadir unos pocos días o años a su vida? Ninguna página puede contener todo el esfuerzo y la riqueza gastados para ese propósito. Haga una comparación entre esos pocos días de dolor y sufrimiento con la vida eterna que el Señor está proveyendo para aquellos que vienen al Salvador. Y por seguro esa es la única entrada a la Vida: Él es el Creador, Él es el Salvador, Él pagó con su Vida por cada uno de nosotros, ninguno otro lo hizo por tí y por mí. Jesús dijo a Nicodemo: "De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere otra vez, no puede ver el reino de Dios." (Juan 3:3) Del corazón debe nacer una obediencia de amor al Salvador y Señor de la raza humana. La gracia salvadora de Cristo es aplicada a tí y a mí como individuos mediante el ministerio del Sumo Sacerdote, Jesús mismo, en el Santuario Celestial, porque nosotros le pertenecemos, y una vez en su redil formamos parte del cuerpo de Cristo, que es la iglesia del Señor. En los últimos días la Palabra de Dios la identifica como "los otros de la simiente de ella, los cuales guardan los mandamientos de Dios, y tienen el testimonio de Jesucristo." (Apoc. 12:17) Y otra vez: "Aquí está la paciencia de los santos; aquí están los que guardan los mandamientos de Dios, y la fe de Jesús." (Apoc. 14:12)

El poderoso poder y gloria de Dios sobre sus hijos ha de inflamar la esperanza del evangelio hasta que 'la tierra fue alumbrada de su gloria.' (Apoc. 18:1) Prepare ahora su mente y su cuerpo para soportar todo lo que venga hasta estar con el glorioso Salvador para siempre.

El milenario comienza con la Segunda Venida de Jesús. Mientras los malvados no pueden soportar el resplandor de la Segunda Venida y caen sin vida al suelo, los fieles vivientes, junto con los resucitados que tuvieron su nombre en el Libro de la Vida, son llevados al cielo para estar con Jesús por mil años. El milenario termina cuando Jesús retorna a la tierra con los salvados y la Nueva Jerusalem. Al llamado de su voz todos los malvados retornan a la vida. Este es el lugar y el día o el tiempo cuando toda carne juntos al mismo tiempo verán la gloria de Dios. (Isaías 40:5) Los salvados dentro de la Ciudad Santa y los perdidos afuera de los muros, todos doblarán sus rodillas y confesarán la justicia de Dios. "Porque escrito está: Vivo yo, dice el Señor, que a mí se doblará toda rodilla, y toda lengua confesará a Dios." (Rom. 14:11)

Cuando el fuego desciende del cielo, solo los que están dentro de la Nueva Jerusalem, los salvados, son protegidos del fuego. Los que están afuera de los muros: los perdidos, Satanás, y los ángeles caídos, todos son consumidos en el lago de fuego que purifica la tierra. Este es el fin de la muerte, el pecado, los malvados, y las fuerzas del mal. En la tierra hecha nueva, paz, amor y armonía serán como un manantial eterno. "El trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán. Y verán su cara..." Apoc. 22: 3, 4)

 

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